Ira en sus ojos, miedo en los míos, gritos que retumban en mi cabeza, ni siquiera el volumen de la música me protege de sus grotescas palabras. Otra vez se repite la historia y yo cobijada en mi escondite, parece que no entiendo nada, pero no es así, nunca pensó que después de perdonarlo volvería a ser así. Sillas en el suelo, platos rotos, mesas de trincheras, cojines como escudo y manos como espadas, esta batalla se acabó con el portazo del infame. Ojos llenos de lágrimas y rostro marcado, tan solo quedan mis abrazos, los abrazos de alguien más dolida que la víctima de tan cruel episodio.

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