Sentada en la barra del bar, una copa en la mano y mirada perdida entre la gente, sueños rotos por su matrimonio, y planes de futuro destrozados por su pronta maternidad, el cabello despeinado, el vestido negro ceñido, labios rojos, y una sonrisa preciosa oculta entre sus penas. Una invitación inesperada y una oportunidad que no podía dejar escapar. Volver a sentirse deseada, besar unos nuevos labios, sentir el cariño de un desconocido, recorrer un nuevo cuerpo, sentir nuevas caricias llenas de frescura, miles de sensaciones que ella creía ya acabadas resurgieron entre los brazos de un extraño. Ya tarde de vuelta a casa, los niños durmiendo y un inquietante silencio bajo la atenta mirada de su marido era lo que le esperaba tras salir de la ducha. No había forma de negar lo ocurrido, ni de ocultarlo a su astuto marido. Día tras día, el tiempo transcurría y en sus ojos bajo el perdón de su marido no había arrepentimiento, sino el deseo de que vuelva a ocurrir.

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